Vemos dos coincidencias significativas en el principio y el final de la creación: el mundo es formado en siete días, los mismos que notas existen en una escala natural diatónica y los redimidos al final de los tiempos alabarán a Dios con una nuevo canto (Ap 14,3).

Sin tener que hacer una recesión sobre los salmos como cánticos, su creación, función y exégesis, es bueno recordar algunos de ellos, pues nos muestran el camino y el uso que las comunidades judías ya realizaban en tiempos de Jesús: 

“¡Aleluya!
Alabaré al Señor con toda mi alma.
Alabaré al Señor mientras yo viva;
cantaré himnos a mi Dios mientras yo exista.” (Sal 146, 1-2)

“Hizo brotar de mis labios un nuevo canto,
un canto de alabanza a nuestro Dios.
Muchos, al ver esto, se sintieron conmovidos
y pusieron su confianza en el Señor.” (Sal 40, 3)

“Yo canto al Señor, que me da fuerzas.
¡Él es mi salvador!” (Sal 118, 14)

Yendo más allá podemos ver como al propio Jesucristo Salvador, se le han otorgado ciertas virtudes relacionadas con la música: La imagen de Jesús como nuevo Orfeo, quien calma los animales salvajes con el sonido de su lira, está presente en las catacumbas de San Calixto, Domitila, San Pedro y San Marcelino y Priscila, entre los siglos II y IV. 

En la música de Orfeo las primeras comunidades cristianas veían la música de Jesús, su palabra y su doctrina. En palabras de Eusebio de Cesárea (4):

«Las fábulas de los griegos narran que en otro tiempo Orfeo amansó toda clase de animales salvajes con su canto, apaciguando la furia de bestias feroces con el sonido de su lira… Ahora bien, el Verbo de Dios, sapientísimo, peritísimo en el arte musical… tomó en sus manos un instrumento musical, creado por su propia sabiduría, es decir, su naturaleza humana, e hizo sonar con él algunas melodías y una especie de encantamiento no a las bestias salvajes, como Orfeo, sino a seres racionales. De este modo amansó las costumbres tanto de los griegos como las de los bárbaros, sanando las bestiales y feroces perturbaciones de sus espíritus con el resultado de su doctrina celeste»

Porque como dice Antonio alcalde -sacerdote, compositor litúrgico y profesor en la Facultad de Teología San Dámaso (Madrid) de Liturgia y música sagrada- citando a San Agustín (5):

«En Cristo armónico integran todos los valores: Él es el animador y director de la sinfonía que «resuena desde el oriente hasta el ocaso». Él es el Músico y la Música misma y para Él se dirige nuestra música.»

Son acciones vivas de la comunidad, representaciones del uso que el canto adquiere en los inicios incluso de la liturgia cristiana, durante la Cena del señor:

“Después de cantar los salmos se fueron al monte de los Olivos.” (Mt 26, 30)

En numerosas ocasiones la doctrina de la iglesia ha recordado la importancia que la música tiene en la liturgia y su preferencia hacia las celebraciones con canto.

“Como parte integrante de la liturgia solemne, la música sagrada tiende a su mismo fin, el cual consiste en la gloria de Dios y la santificación y edificación de los fieles. La música contribuye a aumentar el decoro y esplendor de las solemnidades religiosas, y así como su oficio principal consiste en revestir de adecuadas melodías el texto litúrgico que se propone a la consideración de los fieles, de igual manera su propio fin consiste en añadir más eficacia al texto mismo, para que por tal medio se excite más la devoción de los fieles y se preparen mejor a recibir los frutos de la gracia, propios de la celebración de los sagrados misterios.”(6)

La música sacra, por consiguiente, será tanto más santa cuanto más íntimamente esté unida a la acción litúrgica, ya sea expresando con mayor delicadeza la oración o fomentando la unanimidad, ya sea enriqueciendo la mayor solemnidad los ritos sagrados. Además, la Iglesia aprueba y admite en el culto divino todas las formas de arte auténtico que estén adornadas de las debidas cualidades.”(7)

“La acción litúrgica adquiere una forma más noble cuando se realiza con canto: cada uno de los ministros desempeña su función propia y el pueblo participa en ella. De esta manera, la oración adopta una expresión más penetrante; el misterio de la sagrada liturgia y su carácter jerárquico y comunitario se manifiestan más claramente; mediante la unión de las voces, se llega a una más profunda unión de corazones; desde la belleza de lo sagrado, el espíritu se eleva más fácilmente a lo invisible;” (8)

Pero más allá de mostrarnos la vinculación más estrecha si cabe entre música y liturgia, si que se ha puesto a lo largo de los documentos doctrinales, un especial énfasis en la sacralidad de la música y su vinculo con la celebración litúrgica, sea esta del tipo que sea (Celebración de la Palabra, Liturgia de las horas, Eucaristía…). Una unión entre música, texto y rito  que han de llevar al canto litúrgico a una simbiosis que no se debiera descomponer. 

La música esta por tanto, considerada como elemento litúrgico por el Sacrosanctum Concilium.

“El canto sagrado, unido a las palabras, es parte necesaria e integrante de la liturgia solemne” (9) 

Se trata de conseguir – en palabras de Alcalde, – “Una simbiosis lo más perfecta posible, una coherencia musical y textual entre la dignidad literaria, la sustancia teológica y la funcionalidad litúrgica”. (10) De esta manera las reformas que el concilio aplica a la liturgia en general, deberían aplicarse a la música sagrada para que estas se adecuasen unidas, a los signos de los tiempos. Es decir: una acción conjunta, significativa, activa y vivencial de la comunidad reunida.

Sergi Paramés


(4) Eusebio de CESÁREA, De laudibus constantini, 14; ed 1.A A Heikel, GCS 7, 242. Cit por Xavier BASURKO, El canto cristiano en la tradición primitiva, Vitória: Eset, 1991, p.63.
(5) Antonio ALCALDE, Música y espiritualidad, Barcelona: CPL, 2009, p.37.
(6) Pío PP X, Motu propio “Tra le solecitudini”, 1903, núm. 1.
(7) Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, sobre la sagrada liturgia, 1965, núm. 112.
(8) Pablo PP VI, Instrucción “Musical Sacram” de la Sagrada Congregación de Ritos y del Consilium sobre la música en la sagrada liturgia, 1967, núm. 5.
(9) Sacrosanctum Concilium, núm. 112
(10) Antonio ALCALDE, El canto de la misa. De una <<liturgia con cantos>> a una <<liturgia cantada>>, Santander: Sal Terrae 2002, 21p.

 

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