Toda sociedad genera zonas oscuras. Aspectos que niega y evita. Temas de los que no se habla, aumentando así el aislamiento de quienes los viven y el desconocimiento que la gente tiene sobre ellos. En nuestro mundo contemporáneo, uno de esos temas es la Salud Mental. Resulta paradójico, dado que nuestras estructuras convivenciales y los valores neoliberales en los que vivimos inmersos, precisamente, son grandes generadores de sufrimiento psíquico. Pero así es: una confluencia de factores nos han llevado a asociar trastorno mental, imprevisibilidad y peligrosidad, perpetuando el ostracismo de quienes conviven con una enfermedad psiquiátrica. No es extraño, pues, que dichas personas se lamenten acerca de la pobreza relacional que comporta su dolencia. Mientras que algunas patologías tienen buena consideración social y, cuando nos enteramos de que a alguna persona de nuestro círculo se las han diagnosticado, rápidamente le ofrecemos palabras de apoyo, los trastornos mentales severos suelen provocar el efecto contrario, a menudo debido a que no siempre resulta fácil gestionar las conductas asociadas a dichos trastornos.

Jesús de Nazaret, quien pasó haciendo el bien, siempre estuvo al lado de la humanidad sufriente y, en especial, de aquellos que padecían el aislamiento social provocado por la enfermedad. Como Iglesia pues, siguiendo el camino recorrido por el Crucificado y Resucitado, tenemos la responsabilidad de hacer sitio a los enfermos en nuestras comunidades, en especial, cuando más difícil resulta. Un sitio pleno, de hermanos entre hermanos, interdependientes, sabiendo que todos ofrecemos y todos necesitamos… y cada uno da y recibe según su circunstancia, porque en toda circunstancia somos susceptibles de dar y recibir. En lo que respecta a las personas con trastornos mentales severos se da la particularidad de que, por la propia percepción de la realidad que tienen, su interés por el ámbito religioso es bastante más frecuente que el del común de la sociedad, aunque a la vez esa religiosidad pueda ser vivida con cierta rigidez. En los delirios místico-religiosos, además, las personas quienes los sufren suelen creerse escogidos especialmente por Dios, cuando no participar de alguna forma única de la divinidad, arrogándose una autoridad profética que dificulta su interacción con los ámbitos creenciales más institucionalizados. A pesar de esa dificultad, es común que intenten acercarse a las comunidades de fe, participar de la eucaristía y establecer algún tipo de diálogo con los ministros que la presiden… con resultados diversos. Algunos sacerdotes y algunas comunidades encuentran claves para entender e integrar afectuosamente a estas personas, mientras que otros, al percibir ciertos signos de desequilibrio en ellas, tienden a remitirlas a los servicios psiquiátricos. Es este un movimiento acertado pero, sin duda, insuficiente, puesto que junto a las necesidades sanitarias de estas personas, hay otras necesidades propiamente espirituales que, aunque puedan ser atendidas parcialmente en los recursos de Salud Mental, precisan de la acogida de la comunidad para ser plenamente satisfechas.

En un texto futuro, indagaremos sobre la mejor manera de dar respuesta, desde la comunidad de fe, a esas necesidades de tipo espiritual, presentes en las personas con trastorno mental severo igual que en cualquier otra persona.

Antoni Boix-Ferrer

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