Espiritualidad y vida familiar puede llegar a parecer un oxímoron. Y es que son dos realidades que a primera vista parecen opuestas. Silencio versus ruido. Respiración versus agitación. Orden versus caos. Claridad versus ofuscación. Pausa versus prisa. Espiritualidad versus mundanidad. 

Sin embargo, no debemos olvidar, (tal como se afanaron en enseñarnos tantos profesores de literatura), que en los oxímorons también hay belleza. Y así es. La vida es en si misma una bella contradicción. Fácil es escribirlo o decirlo, pero no tan fácil a la hora de vivirlo. 

¿Cómo se consigue estar conectado y centrado en medio del trajín que supone la vida familiar? ¿Cómo no ahogarse con la infinitud de quehaceres cotidianos? ¿Cómo se consigue tiempo para uno mismo cuando todas las horas del reloj, tanto las del día como las de la noche, están dedicadas a la familia? Son muchas las cosas con las que hay que lidiar. Y si además hay niños, ya sean pequeños o adolescentes, la cosa se complica exponencialmente. Os ponemos en situación:

Despertar la casa entera, preparar la ropa, las mochilas, aguantar rabietas porque no quieren levantarse, acompañar a los niños al cole, a los extraescolares, entre semana y los fines de semana; preparar desayunos y meriendas, pensar los menús semanales, (por supuesto, todo esto, nutricionalmente equilibrados); aguantar rabietas porque no les gustan los desayunos, las meriendas o las cenas nutricionalmente equilibradas; planificar la compra (siendo sostenibles por supuesto), intentar hacer la compra dignamente aguantando rabietas porque quieren lo que no les compras y no quieren lo que sí compras; ayudar con los deberes de escuela, hacer proyectos de investigación sobre las constelaciones, hacer obras de arte para la “libreta viajera” y otras mil manualidades, hacer cenas mientras recoges juguetes, hacer coladas, recoger más juguetes, doblar ropa, lavar platos y ollas, jugar con ellos, planchar, hora del baño, recoger juguetes, hora de comer, conseguir haya más comida en sus barrigas que en el suelo, recoger la mesa, limpiar todo, recoger y seguir recogiendo, estar suficientemente despierta para contar un cuento, hora de ir a la cama, de dar besos, de llevar agua, leche, contar otro cuento, una canción, rezar; por fin dormidos, acabar con todas las tareas pendientes y descansar. O no, porque a media noche las brujas o más sed o un guisante en la cama les despierta y te despiertan. Y así vuelta a empezar. 

Como decíamos, la intensidad de la vida familiar puede poner hasta al más sabio maestro zen fuera de sus casillas. Entonces se añora con todo el alma los momentos de silencio, de vida espiritual, de retiros, plegarias… y parece que los dos mundos sean irreconciliables. Hasta que un buen día llega misteriosamente un texto que hace comprender la belleza escondida en el oxímoron: 

“Las mil pequeñas cosas que hay que hacer cada día nos fueron dadas por Dios para permitir a los hombres comunicarse a través de la materia. Cocinar y fregar el suelo pueden convertirse en una manera de manifestar a los demás su amor: si se mira el más humilde de los trabajos materiales de esta manera, todo se convierte en un don y en un medio de comunicación, todo se convierte en una fiesta, porque es una fiesta poder dar.” (Jan Vanier)

Así pues, cuando se entiende que cada uno de estos pequeños trabajos cotidianos son la mayor oportunidad para expresar el amor, la tarea que antes resultaba tediosa ahora emana trascendencia. De este modo, hacer la colada, intentar emparejar calcetines, hacer la cena o romperse los sesos para cuadrar todos los horarios, extraescolares, deberes, tareas, compras, menús semanales… todo esto deviene una oportunidad para conectar y sintonizar. No hay contradicción, solo un bello oxímoron. El Amor no es cosa de un mundo exclusivamente espiritual, Dios no está allí, sino que como nos enseñó Jesús, es en este mundo, aquí y ahora, con todas las limitaciones y circunstancias donde se pone en juego el Amor. No es otra cosa sino la encarnación, el lograr ver en las ollas, las sartenes y la colada a Dios mismo.

Maria Bassas

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