En la segunda de las catequesis sobre el sacramento de la confirmación, el papa Francisco presenta los signos del Espíritu y recuerda cómo antes de recibir la unción espiritual que confirma y refuerza la gracia del bautismo, se pide a los confirmandos que renueven las promesas hechas el día de su bautismo por padres y padrinos. Ahora son ellos mismos los que respondiendo “creo” a las preguntas formuladas por el obispo se muestran dispuestos, de forma especial, a creer:

«En el Espíritu Santo, que es Señor e infunde la vida, y que hoy se os da de una manera especial por el sacramento de la confirmación, como a los apóstoles el día de Pentecostés» (Ritual de la confirmación, 28).

La Sagrada Escritura, frecuentemente, presenta la venida del Espíritu Santo con el signo del ministro con las manos extendidas pidiendo a Dios que envíe su Espíritu. Como esta venida requiere que los corazones estén recogidos en oración (cf. Hch 1,14), después de la oración silenciosa de la comunidad, el obispo, extiende las manos y pide a Dios que infunda su Espíritu Santo sobre los confirmandos.

A este gesto bíblico, se añade inmediatamente una unción con aceite perfumado, el crisma. El aceite, el crisma, ha sido considerado desde antiguo una sustancia terapéutica y cosmética, que entrando en los tejidos del cuerpo cura las heridas y perfuma los miembros; son estas las cualidades que la simbología bíblica y litúrgica han tomado para expresar la acción del Espíritu que consagra e impregna a todo aquel que lo recibe, penetrándolo hasta lo más profundo de su ser.

Así el sacramento de la confirmación es conferido con la unción del crisma sobre la frente, hecha por el obispo con la imposición de las manos y por medio de las palabras: «Recibe el signo del don del Espíritu Santo». Así pues, el Espíritu es el don invisible y el crisma es el signo visible.

Al recibir en la frente la señal de la cruz con el aceite perfumado, el confirmado recibe una marca espiritual imborrable, el carácter, por eso se dice que el sacramento de la confirmación imprime carácter, y no se puede repetir, ya que lo configura más perfectamente a Cristo.Por eso san Ambrosio recordaba a los que habían recibido la confirmación: «Recuerda que has recibido el sello espiritual, conserva lo que has recibido».

El papa termina la catequesis diciendo:

«El Espíritu es un don inmerecido, que hemos de acoger con agradecimiento, dejando espacio para su creatividad inagotable. Es un don que hemos de guardar con cuidado, que hemos de seguir con docilidad, dejándonos modelar como la cera, con su caridad ardiente, para reflejar a Cristo en el mundo de hoy».

Si somos conscientes de todo lo que acabamos de recibir y lo sabemos transmitir a aquellos que van a recibir el sacramento de la confirmación, poco a poco nuestra vida se irá transformando y consecuentemente también la Iglesia y la comunidad eclesial.

Joan Josep Moré, sbd

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