Loading

LEÓN XIV Y EL ARTE DE CONSTRUIR PUENTES

Dra. Gemma Morató i Sendra

30 de septiembre de 2026

Cuando pensamos en el Papa utilizamos muchos nombres. Santo Padre. Obispo de Roma. Sucesor de Pedro. Vicario de Cristo. Papa. Pero hay uno que me parece especial: Pontífice.

Pontifex. Tradicionalmente lo hemos explicado a partir de dos palabras latinas: pons, puente, y facere, hacer. El que hace puentes. El constructor de puentes.

Los filólogos nos dirán que la etimología histórica es algo más complicada, pero la imagen ha atravesado los siglos y se ha convertido en una extraordinaria manera de comprender el ministerio del Papa. Y, además, León XIV la ha hecho suya.

Por eso quisiera que durante estos minutos no pensemos solamente en Robert Francis Prevost, el Papa elegido el 8 de mayo de 2025, sino en algo más profundo:

¿Qué significa ser constructor de puentes en el mundo que nos ha tocado vivir?

Porque hay una primera evidencia. Los puentes solo hacen falta cuando existe una distancia. Nadie construye un puente entre dos lugares que ya están unidos.

El puente existe porque hay un río. Porque hay un barranco. Porque hay dos orillas. Y nuestro mundo tiene muchas orillas: Derecha e izquierda. Norte y Sur. Ricos y pobres. Creyentes y no creyentes. Migrantes y sociedades de acogida. Jóvenes y mayores. Tradición y novedad. Tecnología y humanidad.

Y, por supuesto, también tenemos nuestras orillas dentro de la Iglesia: conservadores y progresistas. Los que creen que todo va demasiado deprisa y los que creen que todo va desesperadamente lento. Los que empiezan cada frase diciendo «con Francisco…» y los que empiezan cada frase diciendo «después de Francisco…». Los que piensan que la Iglesia necesita cambiarlo casi todo y los que sospechan que cualquier cambio probablemente sea una herejía.

Tenemos muchas orillas. Y en medio de este mundo aparece un Papa. Sale al balcón de San Pedro. Millones de personas esperan sus primeras palabras.

Es uno de esos momentos en que cada palabra cuenta. Podría haber hablado de la Iglesia, de su elección o de sí mismo.

Y comienza diciendo: «La paz esté con todos ustedes».

Y enseguida define esa paz con cuatro palabras: «Desarmada y desarmante, humilde y perseverante».

Pero después dice algo todavía más interesante. Habla de Cristo como puente. Y pide: «Ayúdense unos a otros a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro».

Era el 8 de mayo de 2025. Todavía no sabíamos prácticamente nada de León XIV. Pero, quizá, ya había dicho muchísimo. Porque su primera palabra fue paz. Y una de sus primeras imágenes fue el puente.

 

CONSTRUIR PUENTES EMPIEZA POR ESCUCHAR

Hay algo elemental en cualquier puente. Antes de construirlo hay que saber dónde está la otra orilla. Parece obvio. Pero quizá este sea uno de los grandes problemas de nuestra sociedad. Hemos dejado de mirar la otra orilla. O, peor todavía, hemos decidido de antemano quién vive allí.

Y entonces aparecen las etiquetas: Conservador. Progresista. Fascista. Comunista. Woke. Integrista. Hereje. Tradicionalista. Carca. Progre. Y podríamos continuar.

Las etiquetas tienen una ventaja enorme: nos ahorran escuchar. Si yo ya sé quién eres, ya no necesito saber qué piensas. Si ya te he clasificado, puedo dejar de preguntarme si quizá tienes alguna razón. Si ya he decidido que perteneces al grupo equivocado, todo lo que digas será sospechoso.

La polarización no consiste en pensar diferente. Eso es normal. Incluso es bueno. La polarización empieza cuando dejamos de considerar al otro una persona con la que podemos hablar.

Y aquí aparece una palabra que se repite muchísimo en León XIV: escuchar.

En noviembre de 2025 escribió a los diplomáticos de la Santa Sede: “Toda palabra debe estar precedida por la escucha”.

Escuchar a Dios y escuchar a los pequeños. Escuchar especialmente a aquellos cuya voz normalmente no se oye. Me parece importante el orden. Porque muchas veces nosotros hacemos exactamente lo contrario.

Primero hablamos. Después volvemos a hablar. Y, si queda tiempo, quizá escuchamos.

Y esto sucede también en la Iglesia. Tenemos reuniones de dos horas donde todos esperan pacientemente que el otro termine… para poder decir lo que ya habían pensado antes de empezar la reunión.

Eso no es escucha. Eso es esperar turno. Escuchar es algo bastante más peligroso. Porque quien escucha corre el riesgo de descubrir que el otro tiene razón en algo. Y entonces quizá tenga que cambiar. Por eso escuchar es una actitud profundamente espiritual.

 

UN PUENTE NO DESTRUYE LAS ORILLAS

Pero hay una segunda característica del puente que me parece fundamental. El puente no elimina las dos orillas. Las une. Esto es importantísimo porque a veces confundimos diálogo con relativismo.

Dialogar no significa decir que todo es igual. No significa renunciar a la verdad. No significa esconder nuestras convicciones para no molestar. El puente une precisamente porque las dos orillas continúan siendo distintas.

Y quizá aquí encontremos algo del propio Robert Prevost. Su biografía es ya una biografía de puentes: Nace en Estados Unidos y vive gran parte de su ministerio en Perú: Norte y Sur. Es matemático de formación inicial y después canonista: ciencia y derecho.

Es religioso agustino y después obispo: vida religiosa e institución eclesial. Ha sido misionero y superior general: periferia y gobierno. Ha vivido en América Latina y en Roma. Y creo que todo esto marca a una persona.

Porque hay personas que conocen otras culturas porque han leído sobre ellas. Y hay personas que las conocen porque han tenido que aprender a vivir dentro de ellas (como muchos de vosotros). No es lo mismo.

Vivir en otra cultura obliga a descubrir algo bastante saludable: que nuestra manera de hacer las cosas no es necesariamente la única manera sensata de hacerlas. Y esto quizá ayuda a comprender por qué León XIV parece tener una cierta resistencia a instalarse cómodamente en una sola orilla.

 

PUENTES INVISIBLES

En aquella carta a los diplomáticos utilizó una expresión interesante. Les dijo que estaban llamados a ser: «puentes invisibles». Me gusta esta idea de humildad. Porque nosotros solemos pensar en los grandes puentes. Los espectaculares. Los que aparecen en las fotografías.

Pero probablemente los puentes que sostienen verdaderamente nuestra vida son invisibles: Una llamada telefónica. Una conversación. Una persona que consigue que dos que estaban enfadados vuelvan a hablarse. Una religiosa que sostiene una comunidad difícil sin que nadie lo sepa. Una madre que mantiene unida una familia. Alguien que decide no repetir una crítica que ha escuchado. Una persona que, en una reunión, en vez de añadir leña al fuego, intenta comprender.

Nadie hace fotografías de estos puentes. No aparecen en los periódicos. No reciben premios. Pero sostienen el mundo.

Quizá una de las grandes tareas de la Iglesia sea precisamente esta: construir puentes que no necesitan llevar nuestro nombre. Esto es algo profundamente evangélico.

El problema es que a nosotros nos gustan bastante los puentes… especialmente si después ponemos una placa indicando quién los construyó. El Evangelio propone algo más discreto. Construir y continuar caminando.

 

DESARMAR LAS PALABRAS

Hay un puente especialmente urgente: el del lenguaje.

León XIV se reunió con los profesionales de la comunicación apenas cuatro días después de su elección. Y les dijo: «Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la tierra».

Esta frase merece ser pensada. Porque nosotros solemos situar la violencia lejos: En Ucrania. En Oriente Medio. En África. En los lugares donde hay armas. Pero las guerras empiezan mucho antes de que aparezcan las armas.

Empiezan cuando cambia el lenguaje. Cuando dejamos de llamar persona al otro. Cuando lo convertimos en una categoría. Cuando ridiculizamos. Cuando difundimos una mentira. Cuando atribuimos las peores intenciones a quien piensa diferente. Cuando nos alegramos de que al otro le vaya mal.

Entonces la violencia ya ha comenzado. Todavía no hay bombas. Pero ya estamos preparando el terreno.

Por eso quizá la pregunta cristiana no sea solamente: «¿Estoy a favor de la paz?». Todos estamos a favor de la paz. Especialmente de una paz que tengan que construir los demás. La pregunta verdadera es: ¿mis palabras construyen paz?

¿Cómo hablo de quien piensa diferente? ¿Cómo hablo de quien vota diferente? ¿Cómo hablo de quien vive la Iglesia de otra manera? ¿Cómo hablo de la persona de mi familiar/mi comunidad con la que me cuesta convivir?

Porque se puede estar en contra de todas las guerras del planeta y mantener tres guerras abiertas en el propio pasillo.

 

PUENTES FIRMES

León XIV habló también de «puentes firmes cuando los acontecimientos parecen difíciles de contener». Un puente tiene que soportar peso. Esta característica es menos poética. Pero quizá sea la más importante.

Porque un puente precioso que se hunde cuando pasa el primer camión sirve para muy poco. Y la comunión también tiene que soportar peso: las diferencias. Los conflictos. Las heridas. Las decepciones. Las incomprensiones.

Construir puentes no significa evitar los conflictos. Significa conseguir que el conflicto no destruya la relación.

Y esto vale para la Iglesia. Porque nuestra Iglesia está viviendo tensiones reales: hay maneras distintas de comprender la liturgia. La moral. La sinodalidad. El papel de las mujeres. La relación con la cultura contemporánea. La autoridad. La tradición. Las reformas.

Y el problema no es que existan diferencias. La Iglesia siempre las ha tenido. El problema comienza cuando cada grupo piensa que él es la Iglesia y los demás están dentro por algún error administrativo.

Ahí desaparece la comunión.

León XIV recordó la tarde de su elección una frase de san Agustín: «Con ustedes soy cristiano y para ustedes, obispo».

Me parece una magnífica manera de comprender la autoridad. Antes que Papa, cristiano. Antes que autoridad, hermano. Antes que gobernar, pertenecer. Esto no disminuye la autoridad. La hace cristiana.

Porque el pontífice no puede construir un puente desde un helicóptero. Tiene que pisarlo. Tiene que exponerse. Y quien pisa el puente corre un riesgo.

Los de una orilla pensarán que se ha acercado demasiado a los otros. Y los de la otra pensarán que todavía no se ha acercado suficientemente. Probablemente este será uno de los grandes sufrimientos de León XIV.

Porque quien pertenece completamente a una orilla sabe perfectamente quiénes son los suyos. Quien decide construir el puente puede acabar siendo sospechoso para las dos.

 

ÁFRICA: CUANDO EL PUENTE SE HACE VIAJE

Y hay un momento del pontificado de León XIV que expresa todo esto de una manera casi perfecta. Su viaje a África de abril de 2026: Argelia. Camerún. Angola. Guinea Ecuatorial. Y quiso comenzar precisamente en Argelia. ¿Por qué? Por san Agustín. León XIV es agustino.

Agustín fue obispo de Hipona, la actual Annaba. Pero hay algo precioso. El Papa podía haber ido a Argelia simplemente para recuperar sus raíces cristianas y agustinianas. Y, sin embargo, convirtió esas raíces en puente.

Él mismo explicó después que allí había podido atravesar tres puentes: el puente con los Padres de la Iglesia; el puente con el mundo islámico; y el puente con África. Genial.

Volver a las raíces no para encerrarse en ellas, sino para encontrar desde ellas un camino hacia el otro. Esta es una idea que también necesitamos en la Iglesia.

La tradición cristiana no debería ser una muralla. Debería ser un puente. Cuanto más profundamente conocemos quiénes somos, más capaces deberíamos ser de encontrarnos con quien es diferente.

Y ocurrió algo muy significativo. León XIV visitó la Gran Mezquita de Argel. Después visitó la basílica de Nuestra Señora de África. Y al regresar dijo que habían podido demostrar algo aparentemente sencillo, pero hoy revolucionario: personas de religiones diferentes pueden vivir juntas.

No tenemos que pensar igual para respetarnos. No tenemos que rezar igual para reconocernos hermanos. No tenemos que eliminar nuestras diferencias para convivir. Esto es exactamente un puente.

 

EL PUENTE ENTRE LEÓN XIII Y LEÓN XIV

Pero hay otro puente extraordinariamente interesante. El que une a León XIV con León XIII. ¿Por qué Robert Prevost eligió llamarse León? No es un simple detalle. Los Papas saben que el primer mensaje de un pontificado puede ser precisamente el nombre.

León XIII se encontró ante un mundo que cambiaba radicalmente: Industrialización. Capitalismo. Nuevas formas de trabajo. Explotación obrera. Conflicto social. Y comprendió que la Iglesia no podía limitarse a repetir respuestas antiguas ante preguntas nuevas. En 1891 publicó Rerum novarum. Las «cosas nuevas».

Ciento treinta y cinco años después, León XIV firma Magnifica Humanitas. Y también él comienza hablando de las nuevas realidades de nuestro tiempo: Digitalización. Robótica. Algoritmos. Inteligencia artificial. Concentración tecnológica del poder. Desinformación. Armas autónomas. Transformaciones del trabajo.

Y vuelve a aparecer el puente. León XIII tuvo que tender un puente entre capital y trabajo. León XIV tiene que ayudar a tender uno entre tecnología y humanidad. Y aquí aparece una de las preguntas más importantes de este pontificado: ¿Qué estamos construyendo?

Porque Magnifica Humanitas utiliza precisamente imágenes de construcción: Babel. Jerusalén. Dos maneras de construir. Podemos construir una tecnología que aumente nuestro poder o podemos construir una tecnología que aumente nuestra humanidad. No es exactamente lo mismo.

 

UN PAPA QUE DICE QUE NO TIENE TODAS LAS RESPUESTAS

Hay algo que me parece especialmente interesante. Cuando León XIV presentó Magnifica Humanitas, después de haber escuchado a científicos, ingenieros y expertos, dijo que la Iglesia quería participar en la conversación sobre inteligencia artificial.

Pero añadió: No tenemos respuestas técnicas. Me parece importante. Porque para construir puentes hay que reconocer que necesitamos al otro.

La Iglesia tiene una palabra sobre la dignidad humana. Sobre la justicia. Sobre el bien común. Sobre los pobres. Sobre la fraternidad. Pero no sabe programar todos los algoritmos. Gracias a Dios.

Ya tenemos bastantes problemas con algunos programas informáticos parroquiales, académicos o escolares. Necesitamos científicos. Ingenieros. Filósofos. Teólogos. Políticos. Educadores. Empresarios. Trabajadores.

Y también a quienes sufrirán las consecuencias de las decisiones tecnológicas.

León XIV dijo algo hermoso en aquella presentación: «Qué gran signo de esperanza es el hecho de que, con nuestras diferencias, podamos escucharnos unos a otros». Eso es un puente. No que todos pensemos igual. Sino que podamos sentarnos en la misma mesa.

 

EL PUENTE HACIA LOS QUE NO TIENEN VOZ

Y aquí llegamos a algo fundamental. No todos parten de la misma orilla. Hay personas que ni siquiera tienen acceso al puente. León XIV ha insistido en escuchar a quienes no tienen voz. Y esto es profundamente evangélico. Porque construir puentes no consiste solamente en reconciliar a quienes tienen poder.

También significa preguntarnos quién ha quedado fuera: los pobres. Los migrantes. Los ancianos solos. Los descartados. Las víctimas de la guerra. Quienes quedan fuera de la transformación digital. Quienes no tienen capacidad de decidir sobre tecnologías que transformarán completamente sus vidas.

A veces hablamos de los pobres. León XIV nos obliga a preguntarnos si los pobres están en la conversación. No es exactamente lo mismo. Porque podemos organizar magníficas reuniones sobre la pobreza sin ningún pobre presente. Y seguramente serán reuniones muy bien organizadas. Pero quizá no sean todavía un puente.

 

ESPAÑA: UN VIAJE HECHO DE PUENTES

También su viaje apostólico a España, del 6 al 12 de junio de 2026, puede leerse desde esta misma clave. No fue solo un recorrido por Madrid, Barcelona y Canarias; fue, de algún modo, un itinerario entre orillas muy distintas: las instituciones y quienes viven en la calle; los jóvenes y la comunidad eclesial; la cultura y la fe; la prisión y la libertad; la tradición espiritual y las nuevas pobrezas; quienes llegan como migrantes y quienes están llamados a acogerlos.

En Madrid visitó el proyecto social CEDIA 24 Horas y se encontró con jóvenes, voluntarios y la comunidad diocesana. En Barcelona, la imagen del puente se hizo especialmente concreta: Brians 1 y Montserrat, las realidades de caridad reunidas en Sant Agustí, y la Sagrada Familia. Y en Canarias quiso encontrarse directamente con migrantes y con quienes trabajan por su acogida e integración. No eran actos aislados. Juntos dibujaban una manera de entender el pontificado: acercar mundos que con demasiada frecuencia viven sin encontrarse.

Quizá por eso aquel viaje dejó una imagen sencilla pero exigente: el Papa no puede limitarse a hablar de puentes; tiene que recorrerlos. Tiene que ir del Palacio Real al centro de personas sin hogar, de una basílica a una prisión, de un monasterio a las realidades de caridad, y de los grandes encuentros a la orilla donde desembarcan quienes buscan una vida nueva. El puente se vuelve entonces presencia.

 

PUENTES DE ESPERANZA

Y llegamos a la tercera expresión de León XIV: «puentes de esperanza cuando el bien vacila». Quizá esta sea la misión más profunda del pontífice. No solamente construir puentes entre personas. Sino mantener abierto un paso hacia el futuro.

Porque vivimos un tiempo en el que es fácil cansarse. Guerras que no terminan. Crisis políticas. Desigualdad. Crisis ecológica. Soledad. Miedo ante la tecnología. Polarización. Parece que el mal siempre llega más deprisa que nosotros.

Y el cristianismo hace una afirmación bastante atrevida: el mal no tiene la última palabra.

León XIV lo dijo la primera noche: «El mal no prevalecerá». No dijo que el mal no existiera. No dijo que todo iría bien. Dijo algo diferente. No prevalecerá. La esperanza cristiana no consiste en pensar ingenuamente que mañana todo será maravilloso. Consiste en seguir construyendo, aunque todavía no veamos la otra orilla.

 

JESUCRISTO, EL VERDADERO PUENTE

Pero quizá hemos llegado al punto más importante. Porque si hablamos solamente de diálogo, convivencia, diplomacia y reconciliación, podríamos hacer una magnífica conferencia humanista.

Pero León XIV dijo algo más la noche de su elección. Dijo que la humanidad necesita a Cristo como puente para ser alcanzada por Dios y por su amor.

Aquí está la raíz teológica de todo. El cristianismo cree que el primer constructor de puentes es Dios. La Encarnación es un puente. Dios no permanece en su orilla. Cruza. Se hace carne. Entra en nuestra historia. Habita nuestra fragilidad. Comparte nuestro sufrimiento. Dios no grita desde la otra orilla: «¡Vengan!». Viene Él. Esta es quizá la definición más profunda de misión.

La misión cristiana no consiste en conseguir que los demás lleguen hasta nosotros. Consiste en recorrer nosotros la distancia. Por eso Jesús cruza continuamente fronteras. Se acerca al leproso. Habla con la samaritana. Come con pecadores. Toca al impuro. Escucha al extranjero. Se deja tocar por quien no debería tocarlo. Cruza. Siempre cruza.

El Evangelio es una historia de fronteras atravesadas. Y finalmente, en la cruz, Cristo se convierte Él mismo en puente. Entre Dios y la humanidad. Entre el pecado y el perdón. Entre la muerte y la vida. Por eso construir puentes no es una estrategia diplomática de la Iglesia. Es una manera de seguir a Jesucristo.

 

¿Y NOSOTROS?

Y aquí podría terminar hablando de León XIV. Podríamos decir: «Esperemos que el Papa consiga construir muchos puentes». Y marcharnos tranquilamente a casa o al pica-pica que nos espera.

Pero hay un pequeño problema. La noche de su elección León XIV no dijo: «Yo construiré puentes». Dijo: «Ayúdense unos a otros a construir puentes». Nos metió a todos en el asunto.

Pontifex será un título del Papa. Pero construir puentes es una vocación cristiana. Quizá todos estamos llamados a ser un poco pontífices.

Y por eso quisiera terminar con algunas preguntas. No hace falta responderlas ahora. Quizá sea mejor llevarlas a casa.

¿Entre qué orillas estoy construyendo yo un puente? ¿Con quién he dejado de hablar? ¿A quién he convertido en una etiqueta? ¿Hay alguna persona a la que ya no escucho porque creo saber de antemano todo lo que va a decir? ¿En mi familia construyo puentes? ¿En mi comunidad? ¿En mi Iglesia? ¿En las redes sociales? ¿Cuándo alguien piensa diferente intento comprenderlo o simplemente espero mi turno para contestarle?

Y todavía una pregunta más difícil: ¿hacia qué persona no estoy dispuesto a construir ningún puente? A lo mejor es precisamente allí donde tendría que empezar.

Porque un puente no elimina las diferencias. No niega la verdad. No convierte el bien y el mal en lo mismo. No exige renunciar a nuestras convicciones. El puente dice simplemente: entre tú y yo todavía tiene que existir un camino. Aunque discrepemos. Aunque nos hayamos herido. Aunque no nos entendamos. Aunque pensemos diferente. Todavía tiene que quedar un camino. Y quizá eso sea hoy profundamente revolucionario.

Vivimos en un mundo extraordinariamente eficaz construyendo muros. Muros físicos. Muros económicos. Muros políticos. Muros digitales. Muros ideológicos. Muros religiosos. Incluso muros eclesiales.

Por eso necesitamos recuperar uno de los nombres más antiguos y hermosos del Papa: Pontífice. El que hace puentes. Puentes invisibles cuando nadie ve el trabajo. Puentes firmes cuando llega el conflicto. Puentes de esperanza cuando parece que ya no vale la pena continuar construyendo.

León XIV ha comenzado su pontificado recordándonos que el cristianismo no puede dedicarse a ensanchar el río que separa las orillas. Tenemos que construir. Construir escuchando. Construir hablando de otra manera. Construir encontrándonos. Construir perdonando. Construir defendiendo la dignidad del diferente. Construir acercando a quienes se han alejado. Construir incluso cuando el otro todavía no quiere construir.

Y probablemente construir sabiendo que algunas veces nos criticarán desde las dos orillas. No importa. Porque el puente no existe para sí mismo. Existe para que alguien pueda cruzarlo.

Y quizá, al final, la gran pregunta de este pontificado no sea cuántos puentes será capaz de construir León XIV. La pregunta verdaderamente incómoda es otra: ¿qué puente estoy dispuesto a construir yo?

Porque cada vez que escuchamos en lugar de etiquetar, construimos. Cada vez que dialogamos en lugar de gritar, construimos. Cada vez que acercamos a dos personas enfrentadas, construimos. Cada vez que perdonamos, construimos. Cada vez que defendemos la dignidad de quien piensa diferente, construimos. Cada vez que preferimos el encuentro a la trinchera, construimos.

Y entonces descubrimos algo. El arte de construir puentes no pertenece solamente al oficio del Pontífice. Pertenece al Evangelio. Y, por tanto, nos pertenece a todos.

Muchas gracias y buen curso académico. Viva la Academia.

 

 

2Shares