El papa san Juan Pablo II, en su carta apostólica Al comienzo del nuevo milenio, afirmaba que:

«Nuestras comunidades cristianas tienen que llegar a ser auténticas “escuelas de oración”, donde el encuentro con Cristo no se exprese solamente en petición de ayuda, sino también en acción de gracias, alabanza, adoración, contemplación, escucha y viveza de afecto hasta el “arrebato” del corazón» (n. 33).

Así pues, en el proyecto cristiano para el actual milenio, es fundamental que cada comunidad cristiana sea una auténtica ocasión para todos de encontrarse y de reencontrarse con el Señor, en aquella intimidad que marca indefectiblemente la amistad auténtica. Esto exige una formación espiritual seria y amplia, privilegiando aquella que posee su raíz en la liturgia y que en ella se explana. De esta misma manera lo expresa el Papa en el documento citado:

«Hace falta, pues, que la educación en la oración se convierta de alguna manera en un punto determinante de toda programación pastoral» (n. 34).

En este sentido, el texto citado explicita el deseo que, no únicamente en las comunidades religiosas sino también en las parroquiales, todo el ambiente espiritual esté marcado por la oración (cf. n. 34). Por esto invita a valorar las formas populares de oración y, sobretodo, a educar en las litúrgicas. Y manifiesta el ideal de una jornada «en que en la comunidad cristiana se conjuguen los múltiples compromisos pastorales y de testimonio en el mundo con la celebración eucarística y quizás con el rezo de Laudes y Vísperas» (n. 34).

Conviene pues retomar la invitación que hizo el Papa al iniciar el nuevo milenio, para promover eficazmente la oración de la Liturgia de las Horas en el seno de la comunidad cristiana parroquial y ello porque nos pone en contacto con las raíces más auténticas de nuestra fe, cuando en el libro de los Hechos de los Apóstoles encontramos esta descripción de la primera comunidad cristiana:

«Los hermanos eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones». (Hechos 2, 42)

Efectivamente, un rasgo distintivo de los primeros cristianos se halla en sus encuentros de oración, a lo largo de la jornada. Los seguidores de Jesús eran hombres y mujeres con una notable conciencia de la necesidad de la oración.

De esta forma, los cristianos, en continuidad con la herencia de Israel, hacen suya la oración de las Horas, es decir, aquella oración ritual que, en comunidad, expresaba y alimentaba su fe en el Señor muerto y resucitado.

Hoy, como ayer, es no sólo posible, sino necesario, que todos los bautizados valoremos y hagamos de la Liturgia de las Horas una auténtica fuente de nuestra vida espiritual.

Jaume González Padrós

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