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El patrimonio sacro en los equipamientos parroquiales, centros educativos o casas de espiritualidad acostumbra presentarse como problemático.  Suele darse un círculo vicioso con una argumentación del tipo «no usamos el espacio sacro porque está pasado o no está adecuado y, al mismo tiempo, porque no lo usamos, no se interviene en su renovación y permanece como un espacio de dejadez» de forma que nos encontramos con un pez que se muerde la cola. Ante tal reto, nos podemos encontrar con diversas formas de actuación:

  1. Esclerotización patrimonial. Si el bien inmueble contiene elementos artísticos de interés expositivo, hay quien propone una reforma de carácter arqueológica y/o museística. Este tipo de actuación, aplicada normalmente en espacios ya desacralizados, fosiliza el patrimonio y le hace hablar «de épocas pasadas», dando por sentado que no hay continuidad en la transmisión del Evangelio. Es una actuación donde el cristianismo está «en conserva», como metido en el congelador. Tiene la ventaja de ser fiel al corazón que promovió la construcción del patrimonio, pero que ya no late con él.
  2. Cambio o minimalización de uso. Los espacios celebrativos de la fe suelen tener unas dimensiones generosas para albergar un número de usuarios considerable. De hecho, el origen de planta basilical respondía a un gran espacio cubierto donde realizar actividades profanas en la antigüedad. Una postura practicista, y hasta ecológica, reaprovecha el espacio para otros usos o funciones no evangélicas; cuando no encierra el presbiterio en una especie de capilla de santísimo que se puede extender al resto del espacio para usos cultuales de carácter puntual. De ahí la reconversión de antiguas iglesias de centros educativos en bibliotecas o salas de conferencias. Suele concretarse en una intervención donde el corazón promotor del bien inmueble queda encerrado o silenciado y del que tan sólo quedan vestigios formales.
  3. Lavado de cara. Se trataría de un «quiero y (no sé o) no puedo (más)». Es una solución que no renuncia todavía al uso pastoral del patrimonio pero que no ha hallado una respuesta a fondo sobre el bien inmueble. Se trata de actuaciones que contemplan sólo el acabado superficial de los muros, arreglar goteras, una nueva instalación lumínica, o una renovación de sistemas de climatización que apuntan más al concepto de domótica que a la domus ecclesiae. Suelen provocar cierta satisfacción de confort y sensibilidad a corto plazo, pero no resuelven la pregunta por la actualización de sentido. El corazón está a gusto, pero quizás adormecido.
  4. Buscar el corazón de carne. «Quitaré de vosotros ese corazón duro como la piedra y os pondré un corazón de carne» (Ez 36,26). Una reforma plena de un espacio sacro debería conllevar una búsqueda y actualización del motor evangélico que le dio luz. Si el espacio fue diseñado en sus inicios para la celebración festiva de la fe, este debería revisarse a la luz de la liturgia y sus documentos principales, especialmente la Sacrosanctum Concilium del Concilio Vaticano II. Inmediatamente se cuestionan espacios y distribuciones: ¿Realmente necesitamos altares encastados en las capillas laterales?, ¿Sede, altar y ambón están bien posicionados y relacionados?, ¿La distribución de los bancos favorecen la participatio actuosa?, etc. Después aparecen también otras cuestiones pastorales: ¿Cómo comunica el Evangelio este espacio más allá de la celebración?, ¿Qué usos pastorales podría acoger y, consecuentemente, cómo se pueden implementar sin contradicción con su carácter sacro?, ¿Es adecuada la imaginería y su posición actual?, ¿Hay un relato del espacio o se trata de una mera yuxtaposición de devociones diversas?, etc.  Todas estas cuestiones deberían ser una oportunidad para aplicar un «electroshock pastoral» y hacer revivir un espacio que debería poder ser entendido también como el corazón de la comunidad.

Eloi Aran
Arquitecto y Prof. de Pastoral Bíblica

 

 

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